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Pedro Chutro: un médico argentino en la Primera Guerra Mundial

PEDRO CHUTRO: Nacido el 18 de febrero de 1880 en Pila, localidad cercana al Río Salado, al sur de la provincia de Buenos Aires, hijo de un vasco francés y de una vasca española, el doctor Pedro Chutro supo que deseaba ser cirujano desde que era estudiante en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, en la cual ingresó en 1897, luego de aprobar el ciclo secundario en el Colegio Nacional Central. Trabajando con ahínco en el anfiteatro anatómico accedió a la categoría de disector de primer nivel, al tiempo que realizaba su servicio como practicante en el Hospital de Clínicas con el doctor Alejandro Posadas. Su tesis versó sobre "las fracturas de la extremidad inferior del húmero en los niños", y una vez doctorado comenzó su gran carrera hospitalaria y docente, no sin antes realizar el viaje iniciático a Europa, en 1906, donde visitó las clínicas de los más grandes cirujanos de la época en Viena, Berlín y París.
Muchos fueron sus maestros, pero el que más lo impresionó fue Antonín Gosset, de quien diría en 1934, con motivo de la elección del cirujano de la Salpetriére como miembro de la Academia de Ciencias: "Donde Gosset no ha tenido igual es en la sistematización del arte quirúrgico. Dotado de habilidad manual natural; privilegiado con un cerebro en el que todo es orden, lógica y simplificación; sobrado de agilidad mental y concepción rápida, ha tenido la rara virtud de llevar la claridad a los problemas más oscuros de la técnica quirúrgica".

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En Madrid, luego de una conferencia pronunciada en 1921. (A.G.N.)

Jefe de Clínica del profesor Decoud, Jefe de Servicio del Hospital Álvarez (1908), Profesor Suplente de Medicina Operatoria (1909) y de Clínica Quirúrgica (1914), el doctor Chutro regresó a París en 1915 para prestar servicios como cirujano adjunto primero, y después como Jefe del Servicio, en el famoso "Hospital Argentino Auxiliar 108" impulsado por el doctor Marcelo T. de Alvear durante la Primera Guerra Mundial. En 1919, de vuelta en la Argentina, asumió la titularidad de la Cátedra de Clínica Quirúrgica, y aceptó algunas misiones que le encomendara el Gobierno Nacional: la representa-ción en los congresos médicos de Atlantic City y Toronto, por ejemplo, el cargo de delegado oficial al Congreso de Sevilla en 1924 y al Congreso Médico del Centenario de Montevideo, en 1930.

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Con amigos y colegas, durante un viaje transatlántico en 1924. (A.G.N.)

Autor prolífico y fecundo (entre sus libros se destacan Bases para la reorganización de la Facultad de Medicina y, muy especialmente, Lecciones de clínica quirúrgica), su vida fue relativamente breve, habida cuenta de que falleció el 19 de octubre de 1937, a los 57 años de edad. Mientras permaneció en París, durante la guerra, el doctor Chutro, un hombre particularmente sensible que fue Miembro Honorario de la Academia Nacional de Medicina y amante de la música en general y de la música gregoriana en particular, trabajó con su admirado Gosset en el Hospital Militar Buffon, con capacidad de 700 camas, 300 de las cuales estaban destinadas a cirugía. Esa fue una experiencia decisiva en su carrera, porque los días de ofensiva llegaban al nosocomio gran cantidad de heridos y los médicos debían trabajar hasta 36 horas sin pausa. Fue una experiencia trágica, pero enriquecedora. Por ejemplo, debió realizar el primer ensayo del suero de Weinberg para tratar la gangrena gaseosa. El doctor Chutro relató esa historia de vida, describiendo en forma detallada que después de haber operado toda la noche, al amanecer apareció el doctor Roux con los nuevos sueros elaborados en el Instituto Pasteur. Entonces, la primera inyección se aplicó en "un herido de apellido Martín – apuntó-, que había ingresado a media noche con un estallido del brazo derecho y lesiones graves de la axila, y al que no había operado de inmediato porque ya empezaba el enfriamiento de los invadidos por la gangrena bronceada". Al iniciar la inyección intravenosa "el enfermo se puso cianótico, su cara se cubrió de espeso sudor y la respiración pareció detenerse", al tiempo que Roux adoptaba una expresión de angustia, aunque no interrumpió la aplicación. Pero entonces se produce "un profundo suspiro del moribundo; su cuerpo se cubre de profusa transpiración y el sonrosado de la cara indica que volvía a la vida". Y para concluir, con el estilo propio de los hombres cultos y sensibles, registró el doctor Pedro Chutro: "a mí tanto me interesó la resurrección del herido como la beatitud que reemplazó la ansia profunda en la cara del venerado maestro Roux".

FUENTE: ROEMMERS. 90 años junto a la medicina argentina. TOER EDICIONES.