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Dr. Pedro Figueroa Casas

por Hugo Navarini

Cuando la Fundación Edgardo Nicholson me propuso escribir este homenaje, lo primero que recordé fueron las palabras del Profesor Pedro Figueroa Casas con motivo de la II Reunión de Profesores de Ginecología en el año 1965: "Las Universidades necesitan como Profesores a individuos bien calificados como investigadores, como excelentes maestros, como clínicos de primera y que sean lo suficientemente jóvenes para tener ideas creadoras, y suficientemente viejos para tener un aquilatado juicio", y agregaba "la suerte de las circunstancias nos ha puesto en el sitial que debe ocupar ese hombre ideal, que en lo que a mí atañe mucho me falta para aproximarme a él y que sólo me mantiene allí, con permanente entusiasmo, el cariño a la profesión que desempeño".

Los que somos sus discípulos, pensamos que si no lo es está muy cerca de ser ese hombre ideal, resultado de una vida de estudio y de trabajo, de labor docente y actuación universitaria, de comportamiento cívico y rectitud profesional, de tenacidad y perseverancia en el cumplimiento silencioso y fecundo de una noble vocación tempranamente abrazada.

Alcanzó la madurez científica en plena juventud intelectual, pero los médicos cae además de la ciencia aman la libertad v la justicia están expuestos a ser víctimas de los desvaríos del poder y así el único hiatus que hubo en su vida universitaria fue aquél que provocó, en 1947, el retiro universitario masivo en defensa de la dignidad del docente y de la libertad de enseñanza.

En 1956 alcanzó por concurso la titularidad de la Cátedra de Ginecología de Rosario, haciéndose cargo de un Servicio que había experimentado pocas modificaciones desde su creación y lo hizo todo, formó sus discípulos enseñándoles el alto valor de la colaboración mutua, y que el vacío que queda entre la imperfección de la verdad que poseemos y la perfección de la verdad que deseamos debe intentar llenarse con entusiasmo y buena fe y sobre todo, con una dosis copiosísima de modestia.

Departamentalizó el Servicio porque el desarrollo y la complejidad de las técnicas aconsejaba la división en subespecialidades. Esta fragmentación no significó la sustitución de las normas generales, las leyes comunes, las terapéuticas universales. No dividió la ginecología, dividió el trabajo.

Concretó la remodelación edilicia de la Cátedra, duplicando su capacidad asistencial. Implantó el sistema de Residencias. Planificó la enseñanza de pre y postgrado hasta alcanzar un nivel que constituyó un ejemplo para las restantes Cátedras de la Facultad.

No es de extrañar que esta vida de trabajo y dedicación le haya llevado a obtener numerosas distinciones y desempeñar cargos en Sociedades Científicas. Sus conferencias y cursos en el país y en el extranjero dan palpable cuenta de su consagración y entrega total al cumplimiento de su vocación. Omitiré la enumeración de sus títulos y trabajos. Lo más importante es el hombre como hay quienes son inferiores a su obra como Figueroa Casas, están por encima de sus logros, que son apenas una leve sombra que proyecta al pasar su figura gigante. Su obra, con ser notable, no nos da cabal idea de su grandeza científica y humana.

Le agradecemos todas sus enseñanzas, los alumnos y los discípulos, porque lo que la juventud necesita y reclama no son profesores sino maestros. Sólo aquél que escudriñe la verdad y quiera y sepa difundirla, sólo aquél que descubra la belleza y quiera y sepa consagrarla, sólo aquél que ame la justicia y quiera y sepa administrarla, podrá ser maestro de la juventud.

Técnicos intachables, expertos en el difícil arte de la enseñanza deben sublimar una y otra cualidad en el trabajoso y cotidiano ejercicio del bien y la virtud, para ser maestros.

Profesor Figueroa Casas: por haber logrado esto, nuevamente gracias.