Médicos en la historia

Un sección para recordar aquellos médicos de tiempos pasados que mejoraron la medicina

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Dr. Juan M. Vila Ortiz (con Jorge Luis Borges)

De aquellos que uno amó tanto y sigue amando, la memoria recupera instantáneas que van dibujando un retrato que es el que permanece en el tiempo, con algunos re-toques tal vez, pero con la intensidad de la vivencia tan plena como la de ayer. Debe haber otros recuerdos anteriores al que evocaré primero, pero no deseo otra cosa que esa memoria involuntaria nos vuelva a hacer vivir aquello que pasó hace tantos años. En .a memoria los recuerdos no tienen cronología, no existen fechas exactas, sino que todo parece detenerse en ciertos momentos de una larga vida y son esos momentos los que vuelven a mí cada día. Mi padre no tenía demasiado aprecio por el engolamiento de ciertras actos de carácter institucional. Siempre mantuvo un sentido profundo de la ternura rué se le manifestaba en la mirada. Además un particular sentido del humor. El día que ingresó a la Academia Nacional de Medicina. sus piernas estaban ya muy torcidas por esos que nosotros llamábamos "payé", saliendo que se trataba del inglés Paget que rabia descubierto esa enfermedad. Cuando entramos al recinto mi padre me llamó y me dijo que le dijera a unos de los ordenanzas que le pusiera un banquito en el sitio desee el que tenía que dar su conferencia, pues de otra manera la gente iba a pensar que el que hablaba era un fantasma. El hombre, aprendido, casi pensando que era una broma, puso ese banquito y pisando sobre él dijo sus palabras sobre "El ojo compuesto de los insectos".

De esta instantánea –no puedo precisar el año en que eso ocurrió— trato de recobrar en el tiempo un antes y un después, hacer algo así como un montaje de diferentes imágenes que recuerdo con nitidez y hacen que aún hoy, pasados tantos años, sienta que lo extraño y me gustaría volver a hablar con él. Dos veces lo ví más triste que enojado. Hacia fines de 1944, o principios de 1945, cuando tuvo que renunciar a la cátedra de Oftalmología (en ese momento era profesor Adjunto) en solidaridad con aquellos que habían sido despojados de lo que habían ganado con su sabiduría. Esa misma tristeza, pero con mayor enojo por las circunstancias que se vivían, la sintió nuevamente al volver a renunciar, hacia 1973, como titular de la Cátedra a la que le había dado todo su amor por la enseñanza universitaria. Como ya no ejercía su oficio de médico (su oficio de vivir) recuerdo que durante algunas semanas lo observaba sentado en su escritorio, no leyendo o marcando algún diario o escribiendo algunos apuntes como habitualmente lo hacía, sino pensando, supongo, en esas dos ocasiones que vivió como muchos otros en este país. La lección que recibí fue que no guardaba rencores y poco a poco fue entrando en ese otro mundo que lo fascinaba y que era la antropología y la historia del hombre. Tenía una buena biblioteca sobre el tema, y un día nos llamó a mi hermana y a mí para decirnos que iba a donar, si nosotros no teníamos inconveniente, todos sus libros y algunas cartas, para que se creara en el Museo Gallardo una biblioteca, o se agregara a la que había, detalle que no recuerdo. Lo que no olvido es que esos libros fueron devorados por un incendio. Sus convicciones lo aproximaban al ideario de Lisandro de la Torre, aunque nunca actuó en política. Guardaba en carpetas, que aún conservo, cartas de don Lisandro a su padre, unas hojas con algunas reflexiones o parte de un artículo que de la Torre había escrito a lápiz en la casa de mi abuelo. Su interés por la historia lo encuentro en muchos de los libros que él subrayaba o escribía en sus márgenes, en especial las obras de Wells y de Toynbee. Fue por mi padre que pude conocer a Borges, a Sábato, a Mastronardi, a Nalé Roxlo, a Nicolás Olivari, a Córdova Iturburu, a Ulises Petit de Murat, a César Fernández Moreno, entre otros, quienes in-vitados por él ocuparon la tribuna del Círculo Médico, del Jockey Club o de El Círculo. No puedo hablar de su carrera como médico, por razones obvias. Puedo decir que cuando yo necesitaba preguntarle por algo que me molestaba en los ojos me hacía ver por sus amigos, Gallo o Salas Oliver, Dolzani o Bertotto. Al final de sus días (porque lo fue matando una enfermedad que no mata, ese "payé" que mencioné) estando internado comenzó a sentir una inquietud espiritual por lo que vendría después. Eso lo hacía volver a sus comienzos, cuando uno de sus maestros, Juan T. Lewis, le regaló un libro de Jacques Maritain con una inolvidable dedicatoria. Conversaba de ello con los amigos que iban a visitarlo. Su charla estaba teñida de buen humor. Después llegó la muerte, alrededor de los 85 años, y le apagó esa mirada que tanto me enseñaba. Le hubiera gustado llegar al año 2000. A mí también me hubiera gustado que pasáramos juntos esa despedida a un siglo por el cual ambos sentíamos un particular deseo de comprender. Pero ese Alguien (Borges diría ese Otro) en el cual no sé si llegó a creer, dispuso las cosas de otra manera.

por Gary Vila Ortiz

  • Pioneros
  • Hermanos cirujanos
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